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Guía de Berlín

El sabor de Berlín

Por Jaime A. González
 

B erlín sabe a cera quemada de la vela de un café; a tranvía silencioso y escurridizo deslizándose sigiloso por las húmedas calles del mes de noviembre; a espectador de la Opera vestido de noche apresurado un día normal de la semana por Unter den Linden cerca ya de Guggenheim; a lujoso Bentley expuesto sin demasiada gracia que ya no es rabiosamente británico, sino racionalmente alemán; a catedral neoclásica enmohecida con aspecto de palacio de embajada antigua y que no sabes cual de las cinco puertas es la de entrada.

   Berlín sabe a museos que son el antiguo museo porque ya hay un nuevo museo, pero que en realidad es otro museo porque es el mismo pero del Este y ahora ya no hay Este, etc.; a más museos ignorados en la lista de los mil museos imposibles de visitar por un turista consciente y casi normal; a la Deutsche Grammophone cuando uno pasa por el asombrosamente espantoso edificio de la Berliner Philharmoniker, que uno siempre asocia al director Herbert von Karajan.

   Berlín sabe a tobogán de cristal sobre un gobierno escaso en partidos y abundante en discursos; a parque central con estanques y paseos románticos y susurro de neumáticos y tráfico lejano; a galería de arte de barrio con aspecto de local en alquiler y un escaso público que escruta inmóvil hasta la última esquina de la cuarta obra de las seis que cuelgan; a entusiasmo normalizado, incluidos silbidos, en un espectáculo de café de barrio; a cantante latino de origen finlandés que canta tangos en alemán; a bailes de salón, de calle, de callejón y de arrabal que se bailan por estudiosos aprendices por diez euros la hora y sin derecho a consumición.

   Berlín sabe a descorbatado funcionario de clase media etiquetado en la solapa que acude al Friedrichstadt-Palast con un ticket de descuento adquirido en la agencia de viajes de su pueblo; a palabras sueltas y esporádicas en castellano escuchadas en la esquina de Unter den Linden con Friedrichstrasse de españoles errantes, argentinos acelerados o ecuatorianos laboriosos; a escultura pública cambiada del Este al Oeste o viceversa.

   Berlín sabe a síndrome de muro marcando con duros adoquines en cualquier parte de la ciudad y que se expone en un museo serio y otro menos serio y que nos recuerda constantemente la pasada Guerra Fría, pero que aquí era bastante caliente; a berlinés gregario que se lanza a los cafés los viernes por la noche como patos silvestres antes de emigrar; a barrio ignorado silencioso y sin comercios con nuevas rayas blancas para el aparcamiento; a placitas con jardincillos para niños que finalmente utilizan caniches con abrigos de lona roja.

   Berlín sabe a edificio catalogado por algún consciente funcionario que está, como casi todos, en restauración para destinarlo a ser edificio catalogado; a río con vocación de Sena donde los barcos turísticos muestran las obras de arte en restauración, los monumentos en restauración, las nuevos edificios del Gobierno en construcción y los bloques de piedra de las márgenes recién limpiados con agua a presión; a idioma alemán que castiga los boleros y ennoblece las arias wagnerianas.

   Berlín sabe a impresentable punk orgulloso de su perro callejero que no molesta a nadie ni nadie se molesta por él; a pequeño hogar de gruesas alfombras cableado profusamente para dar vida a tres, cuatro o cinco pantallas de televisión, un par de ordenadores, dos vídeos, un DVD, dos estéreos, un microondas y una cocedora de pan; a bicicleta negra manejada por un gran número de especies variadas, pero con gorro y bufanda, que pasa rozándote la manga del abrigo sin hacer la mínima señal; a bordes de café con leche resecos en enormes tazas  sumergidas en un casos de páginas del Frankfurter Allgemaine.

   Berlín sabe a mujeres discretas, poco llamativas, algo interesantes, posiblemente muy inteligentes, y que pasan casi rozándote y a penas lo notas; a turista descatalogados que buscan desesperadamente el centro de Berlín sin encontrarlo; a Bertolt Brecht cuando uno pasa por el Berliner Ensambler; a cómic del genial caricaturista Heinrich Zille cuando uno coge el metro un sábado a las 2 de la madrugada; a Wagner, siempre que uno vea el palacio del Staatoper cuando oscurezca y desde la perspectiva del Museo de la Historia; a restaurantes con cartas que con nombres indescifrables esconden pechugas de pollo en salsa con ensalada y patatas cocidas.

   Berlín sabe a club de Jazz en el garaje del aparcamiento de un edificio abandonado; a puente de hierro que deja a las claras que esto era Prusia, arrogante nación regida por una sucesión interminables de Fredericks y Williams de la casa real de Hohenzollern; al concierto de Brandenburgo de Bach, cuando uno pasa por debajo de la puerta recién restaurada de su mismo nombre. Por cierto, para los turistas enloquecidos, podríamos decir que éste es el centro del nuevo Berlín (No me den las gracias).

 

 
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